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Os proponemos una breve reflexión sobre la diversidad educativa que estamos defendiendo y la necesaria autonomía de los centros educativos. 

El nivel de educación y formación que seamos capaces de aportar a las nuevas generaciones será el que determine el porvenir al que llegaremos como sociedad. Es en este punto en el que la Educación (con mayúscula) emana como vía principal de crecimiento personal y social, de las personas y, como consecuencia, de la sociedad.

En este sentido, cabe señalar que la Educación no es la mera escolarización; el proceso educativo que cada uno de nosotros hemos vivido, y que explica en gran parte lo que hemos sido, somos y seremos (tanto desde un punto de vista personal como comunitario), es mucho más complejo y amplio que lo ocurrido en la institución escolar. Tal importancia tiene en la actualidad la institución escolar que puede ser fácil tender a identificar la Educación de la persona exclusivamente con lo que ocurre en los centros escolares. La responsabilidad última es siempre de las familias y, por eso precisamente, hay que fortalecerla y reconocer su importancia también desde el ámbito de la Educación. 

Es en este principio en el que se basa el derecho de elección de los padres del tipo de educación que consideran, en el marco legal vigente, más adecuada para sus hijos. Esto obliga a que exista una diversidad de centros escolares que contribuya a enriquecer el sistema educativo. En España, como es frecuente en otros países de nuestro entorno, coexiste la enseñanza pública y la privada. Dentro de este último ámbito, es habitual que bien los centros o los padres reciban algún tipo de ayuda económica para facilitar la elección del centro que deseen las familias. En nuestro país existe, además, el sistema del concierto. Los conciertos, en sí mismos, facilitan esa pluralidad de ofertas –y correspondientes elecciones- de modelos educativos. Nada más que eso.

La actividad educativa es un servicio público. Así, las administraciones lo que deben es garantizar que la diversidad de centros no vaya en contra de la igualdad de oportunidades de aquellos alumnos que por razones socio-contextuales tengan menos posibilidades de llegar a los mismos niveles de formación. Pero nada de esto tiene que ver con la posibilidad (y, en realidad, con la necesidad) de favorecer una diversidad real de centros escolares. 

Actualmente esa diferenciación se está produciendo esencialmente entre la red pública y la red concertada y esto no es nada beneficioso para el conjunto del sistema educativo. Más bien, por el contrario, resulta preocupante que esto ocurra. El sistema educativo puede partirse si esto ocurre y con el contribuir a la ya delicada fragmentación social y política que estamos viviendo. Las fragmentaciones sociopolíticas son algo que el sistema educativo debería ayudar a reducir. Por tanto, romper con la polarización pública-concertado/privado es algo sobre lo que conviene avanzar: hablamos de educación, no de posiciones ideológicas, aunque algunos colectivos (de muy distintos signos) quieran hacer del campo educativo un campo de batalla al servicio de la política (en sentido amplio).

En este sentido, en lugar de preocuparnos por la tipología de centro, sería más importancia trabajar por su autonomía. Por la capacidad real que tengan todos los centros escolares para tomar sus decisiones.  La autonomía de centro en sí mismo requiere concreciones y las siguientes son algunas que parecen indispensables (insistimos, en cualquier centro educativos –público, privado o concertado-): 

  • definición su propio proyecto educativo, sus señas de identidad.
  • propuestas pedagógicas, metodológicas y evaluativas propias. 
  • adaptación currículum y creación de parte del mismo.
  • participación en la selección y formación de su personal.
  • gestión presupuestaria.

Poner el foco en la autonomía es ponerlo en la diversidad que garantiza el derecho de elección de los padres, sin menoscabo del derecho a la educación en igualdad de condiciones para todos. Además, esa diversidad enriquece el sistema educativo y con él la sociedad. Y, en último término, nos acerca más también a la finalidad sustantiva de la Educación.

La Educación tiene como finalidad ayudar al estudiante a hacer efectiva su libertad, aquella que le permitirá dirigir su propia vida, adquirir autonomía, hacerse adulto, capaz de dirigirse a sí mismo y de ayudar a todos a colaborar en el bien común. Y así, como consecuencia de ello, contribuirá, con su particularidad, su creatividad y sus características, a la mejora de la sociedad. El perfeccionamiento propio no solo supone mejora para uno mismo, sino que la persona está en mejor disposición para contribuir a la mejora de los demás, de su comunidad, de la sociedad. La sociedad, por tanto, se ve muy beneficiada por la Educación. La Educación tiene en cuenta tanto la personalización como la socialización, se ajusta a las necesidades de la persona y de su sociedad.