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Javier Segura Zariquiegui

Eneas, el héroe legendario griego que protagoniza La Eneida de Virgilio, ha de salir rápido de Troya que está en llamas. Así se lo aconseja la diosa Venus. Pero el héroe no quiere emprender la huida sin llevarse lo más importante: toma de la mano a su hijo Ascanio, un niño, y carga a hombros a su padre Anquises, que por su ancianidad ya no puede casi caminar y puede perecer en el incendio.

La Conferencia Episcopal Española acaba de publicar el documento La vida es un don, la eutanasia un fracaso, en el que denuncia la propuesta de ley de la eutanasia y convoca a un día de ayuno y oración el próximo miércoles 16 de diciembre.

Llevo dándole vueltas al tema de la eutanasia y, por mucho que se vista de una supuesta “piedad”, estoy convencido de que se trata de una ley radicalmente injusta y de unas consecuencias imprevisibles, no solo por el número de vidas con las que acabe, sino por el criterio que establece en la sociedad en torno al valor de la vida y las relaciones entre nosotros.

En el punto quinto afirman los obispos que “al otorgar este supuesto derecho, la persona, que se experimenta como una carga para la familia y un peso social, se siente condicionada a pedir la muerte cuando una ley la presiona en esa dirección”.

¿Hay algo más injusto que hacerle sentirse culpable a la persona que, precisamente, necesita de nuestra ayuda? ¿No nos damos cuenta de lo que puede suponer para una persona que sea dependiente y anciana, que se siente muchas veces una carga, que el Estado y la sociedad le diga que hay una “solución” y que está en sus manos? Que acabando con su vida les quita un problema a sus hijos. Que su propia muerte es un “acto de amor” a sus seres queridos.

Una sociedad que no cultiva el amor y veneración por sus ancianos, es una sociedad perdida. Es verdad que en algunas ocasiones hay un sufrimiento que saca lo mejor de nosotros, que convierte en auténticos héroes a los cuidadores y familiares de ese anciano o de esa persona en situación límite. Es verdad que Eneas ha de cargar con su padre, y que la carga pesa.

Pero la historia de Eneas, como todo mito, nos aporta las claves de la vida. Eneas salvó lo más sagrado. Salió con su padre a las espaldas y con su hijo de la mano. Frente al presentismo y la mirada egoísta, toma a su padre y a su hijo. Salva a los más débiles. Y en ellos preserva sus raíces e historia, cuida el futuro.

El camino que ha construido nuestra civilización es el de la piedad de Eneas. Quien arroja como una carga a los más débiles, es verdad que caminará más rápido, que podrá correr incluso, pero lo hará hacia su propia destrucción.

Los cinco meses pasados con mi amigo y hermano Manuel en cuidados paliativos, el amor manifestado día y noche por su mujer, la oración y cariño que les han sostenido en estos siete años de lucha contra el cáncer, me dan la certeza de que éste es el único camino que nos hace verdaderamente humanos: el de cuidarnos unos a otros, el de curarnos las heridas, el de proteger la vida.

Esto es lo que nos recuerdan hoy nuestros pastores en esta carta. Que Eneas ha de cargar de nuevo con su anciano padre.

Y llevar a su hijo de la mano.

Que la última palabra no ha de ser la de la muerte -eutanasia- sino la del amor.

Quizás por eso en esta semana se junten dos luchas aparentemente tan distintas. La lucha contra la eutanasia, para cargar con nuestros mayores, la lucha contra la ley Celaá, para llevar de la mano a nuestros hijos.