Vivimos en tiempos de incertidumbre y desesperanza. Al tiempo de la pandemia ha seguido la inseguridad de la guerra. Las vivencias que afrontan las nuevas generaciones son de miedo, con la única certeza de que los tiempos que afrontarán  van a ser difíciles. Y nosotros sabemos que, por primera vez, la generación siguiente a la nuestra  vivirá peor que lo que lo ha hecho la de sus padres.

Así la desesperanza va arraigando profundamente en el corazón de los hombres y mujeres de nuestro tiempo.

Pero más allá de las coyunturas históricas que nos han marcado la COVID o el conflicto en Ucrania, esa desesperanza está siendo arrebatada a nuestra sociedad de una manera tremendamente sutil. Es todo un ambiente que nos lleva a la desesperanza el que llevamos años respirando. Frente a una visión positiva de la vida, llena de luz, nos hemos visto abocados a una perspectiva de lucha, conflicto y oscuridad. Nos están robando la esperanza.

El terreno que pisamos ya no es firme. La verdad se ha hecho relativa, la moral subjetiva, los pilares en los que se asienta la sociedad, especialmente la persona y la familia, se han visto tambaleados y puestos en duda. Frente a modelos de héroes que encarnaban valores de justicia y honestidad, en series y películas se nos presentan ahora modelos ambiguos y vengativos. La verdad va quedando desdibujada, los ideales por los que luchar y aún por  los que dar la vida quedan relegados ante el pragmatismo del sálvese quien pueda, el sentido de la vida queda reducido al ‘carpe diem’.

En nuestra educación no está fallando que nuestros jóvenes necesiten mejores  técnicas de estudio ni modernos ordenadores para trabajar mejor. No está fallando la motivación que les demos. Lo que les hemos arrancado es el sentido de su vida. Simplemente les estamos robando la esperanza. Y sin ello, al final, no hay una razón última para el esfuerzo y el trabajo.

Y esto no es una cuestión abstracta o lejana. Es tan cercana como la vida de cada uno de nuestros jóvenes. Es necesario que cada joven  encuentre su razón concreta para vivir, al estilo que proponía Víctor Frank en su famosa logoterapia que nos presentó en su libro ‘El hombre en busca de sentido’. En esto debemos esforzarnos los educadores, empezando por sus propios padres.

Pero también socialmente hemos de darle la vuelta a esta situación. Hemos de atrevernos a proponer modelos positivos a los jóvenes. Alentarles a creer en lo más noble que anida en el corazón humano. Hemos de animarles a luchar por la bondad, a descubrir y defender la verdad, a contemplar y gozar de la belleza. Hemos de ser todos los educadores auténticos maestros de esperanza.

Porque la esperanza, por pequeña que parezca,  como decía el poeta francés Charles Peguy en su famosa poesía ‘La pequeña esperanza’, es el motor de la vida.

Esta esperanza no tiene nada de optimismo voluntarista, mucho menos de ingenua candidez del ‘todo va a ir bien’. La esperanza cuenta con el sufrimiento y el dolor, con el fracaso y el esfuerzo, con la realidad más profunda y a veces cruda de la vida. La esperanza se asienta en la realidad presente y en la futura.

Esta, a mi juicio, es la más profunda renovación que necesita nuestra educación. Ser capaces de aportar a nuestros alumnos certezas y esperanzas que les ayuden a caminar y adentrarse en el futuro sin miedo.

Para ello es necesario que el propio maestro la tenga esa esperanza arraigada en su corazón y en su vida, porque al final, lo sabemos bien, sólo damos lo que tenemos. Por eso nadie que viva amargado o que no tenga esperanza debiera ser maestro, porque transmitirá su amargura y su desesperanza.

La pequeña esperanza (Charles Peguy)

«Yo soy, dice Dios, Maestro de las Tres Virtudes.

La Fe es una esposa fiel.
La Caridad es una madre ardiente.
Pero la esperanza es una niña muy pequeña.

Yo soy, dice Dios, el Maestro de las Virtudes.

La Fe es la que se mantiene firme por los siglos de los siglos.
La Caridad es la que se da por los siglos de los siglos.
Pero mi pequeña esperanza es la que se levanta todas las mañanas.

Yo soy, dice Dios, el Señor de las Virtudes.

La Fe es la que se estira por los siglos de los siglos.
La Caridad es la que se extiende por los siglos de los siglos.
Pero mi pequeña esperanza es la que todas las mañanas nos da los buenos días.

Yo soy, dice Dios, el Señor de las Virtudes.

La Fe es un soldado, es un capitán que defiende una fortaleza.
Una ciudad del rey, en las fronteras de Gascuña, en las fronteras de Lorena.
La Caridad es un médico, una hermanita de los pobres,
Que cuida a los enfermos, que cuida a los heridos,
A los pobres del rey,
En las fronteras de Gascuña, en las fronteras de Lorena.
Pero mi pequeña esperanza es
la que saluda al pobre y al huérfano.

Yo soy, dice Dios, el Señor de las Virtudes.

La Fe es una iglesia, una catedral enraizada en el suelo de Francia.
La Caridad es un hospital, un sanatorio que recoge todas las desgracias del mundo.
Pero sin esperanza, todo eso no sería más que un cementerio.

Yo soy, dice Dios, el Señor de las Virtudes.

La Fe es la que vela por los siglos de los siglos.
La Caridad es la que vela por los siglos de los siglos.
Pero mi pequeña esperanza es la que se acuesta todas las noches
y se levanta todas las mañanas
y duerme realmente tranquila.
Yo soy, dice Dios, el Señor de esa Virtud.
Mi pequeña esperanza
es la que se duerme todas las noches,
en su cama de niña, después de rezar sus oraciones,
y la que todas las mañanas se despierta
y se levanta y reza sus oraciones con una mirada nueva.

Yo soy, dice Dios, Señor de las Tres Virtudes.

La Fe es un gran árbol, un roble arraigado en el corazón de Francia.
Y bajo las alas de ese árbol, la Caridad,
mi hija la Caridad ampara todos los infortunios del mundo.
Y mi pequeña esperanza no es nada más
que esa pequeña promesa de brote
que se anuncia justo al principio de abril».