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Quizás no sea un tema menor empezar por preguntarnos lo más básico.

¿Para qué es la educación? ¿Qué debe conseguir nuestro sistema educativo? ¿Qué objetivos  tenemos cuando llevamos a nuestros hijos al colegio?

Quizás pueda parecer una pregunta sencilla, pero es de vital importancia.

Unos plantearán que el fin de la educación es que los alumnos aprendan muchos conocimientos, en la idea de que cuantos más conocimientos tenga, mejor preparado estará, y mejor ciudadano será. Y, evidentemente no es despreciable el fin de que los alumnos aprendan conocimientos, además de que desarrollen capacidades, destrezas y habilidades  sociales.

Están también los que se plantean la educación como un mecanismo más del sistema productivo. Su finalidad es formar los profesionales que la economía de mercado demandará. Y así se priorizarán las capacidades útiles para el mundo laboral.

Para otros la educación tiene su objetivo principal la socialización, y de manera muy especial en promover un determinado tipo de sociedad. La educación como herramienta al servicio de la transformación social. Y con ello al servicio de lo que los poderes públicos entiendan que debe ser la sociedad del futuro.

Todas estas visiones se han ido reflejando en nuestras leyes educativas, y tienen sus aspectos realistas y positivos. Y también sus deficiencias.

¿Cómo no ver la pobreza de un planteamiento economicista que coloca al alumno como un mero elemento del mercado? ¿Quién no percibe el peligro de manipulación que entraña  por parte de los poderes públicos, el que formemos a los jóvenes pensando en la sociedad que vamos a construir? ¿No es la educación al servicio de la ideología o de los proyectos políticos?

La respuesta a la pregunta inicial sobre la finalidad de la educación, me parece, que debe ser el desarrollo pleno de la persona, en todas sus dimensiones. Aprenderá conocimientos y formará su mente. Desarrollará todas sus capacidades, descubriendo su propia vocación profesional y formándose para ejercerla de la mejor forma posible. Cultivará todas las facetas de su personalidad, incluyendo la dimensión más humanista. Llegará a ser un ciudadano capaz de aportar lo mejor de sí mismo a la sociedad, y así ésta también mejorará.

Poner a la persona en el centro y ayudarle a desarrollarse plenamente es el mejor de los planteamientos educativos.

Eso es empezar por el principio.